Hoja Parroquial - Encuentro Nº 238

18/10/09
Carta del Párroco

Queridos amigos

Al decir de Jesús (Mc 10, 17-30), hay dos caminos para llegar al cielo. Uno, el común y elemental, pasa por cumplir los mandamientos; el otro, el particular y especial, pasa por seguir al Señor, dejándolo todo... Según Jesús, este segundo camino es el mejor, aunque el más difícil. Lo hace a uno mucho más perfecto (Mt 19, 21) y ¡oh paradoja!, rinde el ciento por uno de lo que se dejado: casas, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos, propiedades (Mc 10, 29). Los religiosos llaman a este camino el “camino de los Consejos Evangélicos” (de pobreza, castidad y obediencia), y pueden dar fe de cómo Jesús cumple su promesa. A mí por, ejemplo, todos me llaman Padre y tengo un montón de casas de mi Congregación por todo el mundo.

En relación con la pregunta del joven rico del evangelio, llama la atención la respuesta de Jesús. Aparentemente, para el joven rico sólo cuenta la vida eterna (y los bienes que tiene, claro). Cómo alcanzar la vida eterna (sin perder sus bienes, claro). Para Jesús hay otras cosas que también cuentan, por ejemplo, el modo de vida que hay que llevar para realizarse al máximo como persona. Él ha venido a perfeccionar el Antiguo Testamento y ha traído una religión superior. Para Él, cumplir los mandamientos de la Ley de Dios es el mínimo que una persona religiosa puede hacer.

Supuesto el cumplimiento de los mandamientos, Jesús va más allá y pide y propone un estilo de vida como el Suyo, que sólo se logra viviendo las Bienaventuranzas, que es a lo que Él llama seguirle… Las Bienaventuranzas (Mt 5,3-11; Lc 6,21-26) son la quintaesencia del espíritu de Jesús, su radiografía, ha dicho alguien. Y constituyen el código de perfección del Nuevo Testamento, así como el Decálogo lo fue del Antiguo. Lamentablemente pareciera que la mayor parte de los cristianos sigue aún anclada en el Antiguo Testamento, como si Jesús no hubiera traído consigo el Nuevo. Se preocupan (¿?) por cumplir los Mandamientos y se creen buenos cuando no los transgreden, como si ser bueno consistiera en no hacer nada malo.

Ciertamente para ser buen no hay que hacer nada malo, pero no basta. Para ser bueno hay que hacer abundantes cosas buenas, positivas, que enriquezcan la vida, la personal y la de los demás. Que la realicen al máximo, la conviertan en bien social y la hagan agradable a los ojos de Dios. Es lo que pensaba y deseaba Jesús cuando invitaba a la gente a seguirle. A los cristianos nos hace falta ahondar en este aspecto del seguimiento del Señor. Ser su discípulo y seguirle implica ante todo compartir su visión del hombre nuevo, vivir un estilo de vida como el Suyo, identificarse con Él viviendo las Bienaventuranzas.

¿Qué nos impide a nosotros seguir así, de verdad, al Señor?  Al joven del evangelio –quizás el mismo Marcos que nos cuenta esto- , se lo impidió su apego al dinero, pues tenía muchos bienes. Muy probablemente no sea este nuestro caso, pero hay cantidad de otros apegos, alguno de los cuales puede estar impidiéndonos convertirnos al Señor. Esto, y, dada la contumelia de los tiempos, la excesiva preocupación por la vida y las cosas de la vida, a pesar de nuestras continuas lamentaciones, y el escaso interés por la vida eterna y por las cosas de Dios. ¿Nos miraría Jesús con la misma simpatía con la que miró al joven rico?

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Tema

EL ROSARIO HACE DISCÍPULOS MISIONEROS COMO MARÍA

“La familiaridad con el misterio de Jesús es facilitada por el rezo del Rosario, donde: “el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la madre del Redentor” (Documento de Aparecida, 271)
María, discípula y misionera
La máxima realización de la existencia cristiana como un vivir trinitario de “hijos en el Hijo” nos es dada en la Virgen María, quien por su fe (Lc 1, 45) y obediencia a la voluntad de Dios (Lc 1, 38), así como por su constante meditación de la Palabra y de las acciones de Jesús (Lc 2, 19.51), es la discípula más perfecta del Señor.
Del Evangelio emerge su figura de mujer libre y fuerte, conscientemente orientada al verdadero seguimiento de Cristo. Ella ha vivido por entero toda la peregrinación de la fe como madre de Cristo y luego de los discípulos, sin que le fuera ahorrada la incomprensión y la búsqueda constante del proyecto del Padre. Alcanzó así a estar al pie de la cruz en una comunión profunda, para entrar plenamente en el misterio de la Alianza. (Aparecida, 266)

Desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos, representados por Juan, el don de la maternidad de María, que brota directamente de la hora pascual de Cristo: “Y desde aquel momento el discípulo la recibió como suya” (Jn 19, 27). Perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu (Hch. 1, 13-14), cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como madre de tantos, fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón, y ayuda a que los discípulos de Jesucristo se experimenten una familia, la familia de Dios. (Aparecida, 267)
Como en la familia humana, la Iglesia-familia se genera en torno a una madre, quien confiere “alma” y ternura a la convivencia familiar. María, Madre de la Iglesia, además de modelo y paradigma de humanidad, es artífice de comunión. Uno de los eventos fundamentales de la Iglesia es cuando el “sí” brotó de María. Ella atrae multitudes a la comunión con Jesús y su Iglesia, como experimentamos a menudo en los santuarios marianos. Por eso la Iglesia, como la Virgen María, es madre. Esta visión mariana de la Iglesia es el mejor remedio para una Iglesia meramente funcional o burocrática. (Aparecida, 268)
María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió junto al humilde Juan Diego el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos… Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana. (Aparecida, 269)


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